Tengo 35 años y, afortunadamente, considero que gozo de buena salud. No suelo enfermarme con frecuencia y generalmente puedo continuar con mis actividades sin mayores complicaciones. Sin embargo, tener una familia cambia la perspectiva. Uno empieza a comprender que su propia condición física no representa necesariamente la misma protección para sus hijos, sus padres o cualquier familiar que tenga una condición de salud vulnerable. Lo que para una persona puede significar unos días de congestión y malestar, para un adulto mayor, un niño pequeño o alguien con una enfermedad crónica puede convertirse en una complicación que requiere atención médica.Durante los meses de invierno aumenta la circulación de distintos virus respiratorios. Entre los más conocidos están la influenza, el COVID-19 y el virus respiratorio
Aunque pueden provocar síntomas similares, como fiebre, tos, dolor de garganta, congestión nasal y cansancio, son infecciones diferentes y no todas evolucionan de la misma manera. En algunos casos la recuperación ocurre en pocos días, pero también pueden presentarse complicaciones como la neumonía, una infección que afecta los pulmones y puede dificultar seriamente la respiración.
Es mportante aclarar que el frío por sí mismo no produce estas enfermedades. Los responsables son los virus y otros microorganismos que se transmiten principalmente de una persona a otra. Sin embargo, durante esta temporada solemos permanecer más tiempo en espacios cerrados, con poca ventilación y mayor contacto cercano, condiciones que facilitan la propagación de las infecciones. Por eso, más que preocuparnos únicamente por las bajas temperaturas, debemos prestar atención a nuestros hábitos y a la manera en que convivimos.
Las cifras ayudan a entender la dimensión del problema. Durante 2025, los registros epidemiológicos de Oaxaca reportaron más de 518 mil casos de infecciones respiratorias agudas hasta la semana epidemiológica 47. Esta cifra incluye diferentes padecimientos y no significa que todos hayan sido influenza o COVID-19. En cuanto a la influenza, durante la temporada 2024-2025 se notificaron 182 casos confirmados y siete defunciones en el estado. Por otra parte, al cierre de 2025 se habían registrado 201 casos confirmados de COVID-19 y 12 defunciones. Son enfermedades distintas y corresponden a periodos de vigilancia específicos, pero juntas nos recuerdan que las infecciones respiratorias continúan siendo un asunto importante de salud pública.
Una de las herramientas más eficaces para reducir sus complicaciones es la vacunación. Cada año, las autoridades sanitarias ponen en marcha campañas de inmunización para proteger principalmente a los grupos con mayor riesgo. Entre las vacunas disponibles en las instituciones públicas se encuentran las de influenza estacional y COVID-19, además de la vacuna contra el neumococo, especialmente importante para determinados grupos de edad y personas con condiciones de riesgo. También existe la inmunización contra el virus respiratorio sincitial para embarazadas dentro de las semanas de gestación recomendadas, con el propósito de proteger al recién nacido durante sus primeros meses de vida.
En Oaxaca, las personas pueden acudir a los centros de salud de los Servicios de Salud de Oaxaca, las unidades del IMSS y las clínicas del ISSSTE para consultar la disponibilidad de estas vacunas. Su aplicación depende de la edad, los antecedentes médicos y los lineamientos de cada campaña. Es recomendable preguntar directamente en la unidad correspondiente cuáles están disponibles y si se requiere cumplir algún criterio para recibirlas.
A veces existe cierta resistencia a vacunarse porque se piensa que después de recibir una dosis podemos enfermarnos. Sin embargo, las vacunas funcionan de otra manera: preparan al sistema inmunológico para reconocer determinados microorganismos y responder con mayor eficacia si posteriormente entramos en contacto con ellos. Después de la aplicación pueden aparecer molestias como dolor en el brazo, cansancio, dolor de cabeza, molestias musculares o fiebre ligera. Generalmente son reacciones temporales que desaparecen en poco tiempo y forman parte de la respuesta del organismo. No significa que hayamos contraído la enfermedad que buscamos prevenir.
También debemos recordar que vacunarse no significa que nunca volveremos a enfermarnos. Su principal beneficio es reducir el riesgo de desarrollar cuadros graves y sus complicaciones. Por eso, la prevención debe acompañarse de otras medidas sencillas, como mantener ventilados los espacios, lavarse las manos, cubrirse al toser o estornudar y evitar el contacto cercano con personas vulnerables cuando presentamos síntomas respiratorios. Si tenemos fiebre, tos o malestar importante, lo responsable es procurar no exponer a los demás y buscar orientación médica cuando sea necesario. La automedicación tampoco es una buena alternativa, especialmente cuando se utilizan antibióticos para tratar infecciones virales, ya que estos medicamentos no combaten los virus.
Hay señales que no debemos pasar por alto. La dificultad para respirar, el dolor persistente en el pecho, la confusión o un deterioro importante del estado general requieren atención médica inmediata. En los niños pequeños también debemos prestar atención a la respiración rápida, el hundimiento de las costillas al respirar, la somnolencia inusual o el rechazo de líquidos.
En mi caso, la preocupación no está tanto en enfermarme yo, sino en llevar una infección a casa. A veces, por cumplir con el trabajo, acudir a reuniones o continuar con nuestras actividades habituales, olvidamos que podemos transmitir un virus incluso antes de reconocer plenamente sus síntomas. Esa es una responsabilidad que pocas veces consideramos: cuidarnos también significa proteger a quienes viven con nosotros.
Quizá esa sea una de las lecciones más importantes que nos deja cada temporada invernal. Podemos tener 35 años, sentirnos fuertes, trabajar todos los días y creer que nuestro organismo puede resistirlo todo, pero la salud no depende únicamente de nuestra condición física. También está relacionada con las decisiones que tomamos, las condiciones en las que vivimos y la atención que prestamos a las personas que nos rodean.
No se trata de vivir con miedo a los virus ni de encerrarnos cada vez que baja la temperatura. Se trata de entender que la prevención es una responsabilidad individual y colectiva. El invierno llegará todos los años y las enfermedades respiratorias seguirán formando parte de nuestra realidad, pero podemos prepararnos para enfrentarlas con mayor conocimiento y responsabilidad.
Porque estar sano no solamente significa evitar enfermarnos. También significa procurar no poner en riesgo la salud de quienes más nos importan.
