En México vivimos un fenómeno inquietante: un país dividido consigo mismo.
Las plataformas digitales —especialmente las redes sociales— han detonado un escenario donde miles, quizá millones, de creadores digitales se han convertido en protagonistas de una confrontación que, aunque comenzó durante el sexenio pasado, hoy se ha intensificado.
En estos espacios se libra una batalla permanente entre el México que vive la ciudadanía y el México que defiende el gobierno.
Bajo la consigna de “primero los pobres”, el discurso gubernamental se ha repetido diariamente con la firme convicción de tener la razón. En contraste, un océano de voces disidentes utiliza esos mismos canales para confrontar, cuestionar y debatir desde la premisa fundamental de la libertad de expresión. Dos narrativas opuestas chocan todos los días en un país que parece partirse en pedazos.
Mientras tanto, la realidad golpea con fuerza. No hay evidencia palpable de que los pobres hayan dejado de serlo. Las transferencias monetarias alivian un día, pero no transforman una vida. El hambre persiste. La falta de inversión en salud nos aleja cada vez más de los tratamientos y métodos capaces de salvar vidas. El crecimiento económico se ve debilitado y, en lugar de construir oportunidades sostenibles, avanzamos hacia un modelo donde el reparto de dinero sustituye la generación de riqueza.
Del otro lado, las grandes industrias intentan sobrevivir. Ajustan precios, reestructuran operaciones y sortean cargas fiscales cada vez más asfixiantes. El país se sostiene en frágil equilibrio entre quienes reciben y quienes producen, entre los que esperan y los que aportan.
En medio de esta tensión, las protestas siguen llenando calles, plazas y avenidas. Marchas, plantones, sindicatos y ciudadanos reclaman desde todos los frentes. Vemos policías pidiendo paz mientras confrontan a otros mexicanos. Vemos civiles enfrentados a uniformados que, agotados, reconocen en el otro el mismo cansancio y la misma frustración. Porque al final, detrás de la ropa, el salario o la insignia, son iguales: todos somos mexicanos, aunque vivamos en distintos niveles socioeconómicos.
Y hay escenas que hieren. Niños llevados irresponsablemente a enfrentamientos que terminaron pagando las consecuencias. Pequeños afectados por gases lacrimógenos, por piedras, por el caos ajeno. Son ellos quienes hoy muestran con más crudeza la realidad: México se confronta contra México. Y esa herida no la cierra ningún programa social ni ningún discurso político.
El país necesita algo más profundo. Más urgente.
Necesita reconciliación.
Una reconciliación social que no sea discurso, sino compromiso. Una reconciliación que nos rescate del abismo que estamos cavando con nuestras propias manos. Porque México merece ser un país unido, no un campo de batalla donde hermanos se enfrentan entre sí.
La pregunta ya no es quién tiene la razón.
La pregunta es cuánto tiempo más podremos seguir destruyéndonos antes de comenzar a reconstruirnos. "ME INTRIGA MUCHO EL TIPO DE PAÍS QUE SEREMOS..."
​​Soy Mauricio D' Ríos Reynoso.
​​Y ESTA ES MI OPINIÓN.